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Aquel hombre fue a visitar a su esposa al cementerio que estaba a las afueras del pueblo donde ella había nacido y donde decidió ser sepultada tres años atrás. Había mandado construir una pequeña capilla donde podía estar a solas con ella, platicarle sus penas y orar por su eterno descanso. El panteonero era un hombre mayor y ya lo conocía, los jóvenes que le ayudaban ni le prestaban atención.
Esa tarde, estaba aquel hombre orando en la capilla cuando escuchó voces, abrió los ojos, salió, y en la capilla de al lado izquierdo unas cinco personas daban el último adiós a un ser querido, los ayudantes del panteonero depositaron un elegante ataúd en la gaveta abierta, se retiró y entró de nuevo en la capilla de su esposa y cerró la puerta, la vela encendida iluminaba tenuemente, el tiempo pasaba y ya no escuchaba voces, estaba oscureciendo, el ruido de las rejas del panteón le indicaban que debía retirarse, se despidió de su esposa, cerró la capilla y se dirigió a la salida pero al llegar a las rejas estas estaban cerradas con candado, volteó para todos lados pensando en lo que podía hacer para salir pero decidió quedarse en la capilla junto a su esposa orando toda la noche, era una oportunidad que se le presentaba y así podría contarle todo lo que había pasado sin ella desde que el cáncer se la llevó dejándolo solo, entró en la capilla, tomó el libro de las oraciones y empezó a orar.
No supo cuando tiempo pasó, detuvo su oración y salió un rato, todo estaba a oscuras en el cementerio, solo la luz de las veladoras encendidas alumbraban aquel reciento de descanso, de repente escuchó un ruido o quejido, de momento no supo descifrarlo, pero el quejido o ruido continuaba y era de la capilla de a lado, se puso alerta para escuchar bien y efectivamente el ruido provenía de ahí, su corazón latía con fuerza, un instinto hizo que se acercara y escuchó claramente gritos apagados, entró en la capilla iluminada por la luz de las velas encendidas, en una esquina estaba la pala y los instrumentos con los que se realizó el entierro, tomó una espátula y empezó a desprender la lapida, el cemento estaba fresco y cedió rápidamente, con manos temblorosas no tardó en bajar el ataúd, de un golpe con la pala abrió el ataúd y una joven gritando enloquecida se aferró a sus brazos, el le tapó la boca rápidamente con la mano y la sujetó fuertemente.
—Tranquila señorita, tranquila, por favor cálmese —le decía aquel hombre que nervioso y asustado tenia entre sus brazos a una hermosa mujer vestida de novia. La joven forcejeaba y gritaba bajo su mano que aun le mantenía tapada la boca, sus ojos desorbitados lloraban y se abrazaba mas al hombre que temblaba como ella de miedo.
—Tranquila señorita, la soltaré si se calma —y la joven aun aferrada a su cálido cuerpo asintió con la cabeza mirándolo.
—No me suelte por favor, tengo miedo —dijo la joven pegándose a el que la abrazó con fuerza contra su pecho y platicaron de los hechos, ya un poco calmados ella temblaba al recordar.
—Recuerdo que iba a casarme, estaba en el altar al lado de un hombre del cual no recuerdo su nombre cuando de pronto sentí un mareo y todo se nubló, no recuerdo mas y ahora despierto aquí en medio de la noche, estoy confundida. No entiendo que pasó. ¿Estoy muerta?
—Esta viva señorita, esperemos que amanezca para ir a las autoridades y saber porque la enterraron viva.
—¡No!¡ Estoy muerta! ¡Usted es el demonio y me quiere llevar al infierno! —gritó la joven tratando de separarse de sus brazos y correr hacia la puerta abierta de la capilla, aquel hombre la sujetó fuertemente de la cintura, forcejearon unos minutos, ella le hundió las uñas largas y pintadas de blanco en la espalda rasgándole la camisa, el sintió dolor pero no la soltó, ella gritó de nuevo, en un instinto el acalló sus gritos con un beso, sus labios sensuales y fríos en el provocaron un estremecimiento, aquel hombre temblaba de pies a cabeza, le acarició el sedoso cabello rubio que le caía a la espalda, le desabrochó el vestido, sus grandes y turgentes pechos saltaron traviesos y sus manos los acariciaron con ternura, ella lo veía con un brillo extraño en la mirada, y el vestido calló a sus pies, la recostó en el piso y desabrochándose el pantalón la penetró con urgencia, entraba y salía de aquel cuerpo frio hasta que terminó jadeante cayendo exhausto sobre ella que lo veía fijamente y después con un suspiro se desvaneció en sus brazos, aquel hombre tembló, era preciosa, su vestido blanco estaba bordado con pedrería fina que brillaba a la luz de las velas, sus grandes ojos verdes lo miraban sin vida pero su boca sonreía aun húmeda de besos, estaba pálida pero hermosamente bella en sus brazos, sin dejar de mirar aquel cuerpo sin vida la vistió sin prisa, se arrodilló a su lado y empezó a orar, ya casi amanecía cuando la acostó delicadamente en el ataúd, lo cerró y lo introdujo en la gaveta para después cerrar las lapidas con cemento, puso la pala y los demás instrumentos en su lugar, se persignó y salió de la capilla cuando ya la luz del día iluminaba el cementerio, entró en la capilla de su esposa y de rodillas, cerrados lo ojos se despidió de ella, fue hasta las rejas a esperar al panteonero.
—Por un descuido no salí ayer de la capilla y me quedé encerrado —le dijo al sorprendido anciano que abría las rejas del panteón y salió del cementerio aun confundido, no sabia si lo soñó o fue realidad.
Pasaron los días y no podía olvidar. No preguntó nunca al panteonero, la muerta le había contado su historia, no quería saber nada mas, vivía recordando la noche de pasión que pasó con una muerta. Pasaron los años y cada vez que iba a visitar a su difunta esposa llevaba dos ramos de flores.
FIN
Sandra Figueroa
2023





