Hoy me ví al espejo, y ahogué un grito de horror
al ver la imagen que se reflejaba en el.
Me pregunté en silencio: ¿Esta soy yo?
y tuve que llorar lagrimas amargas.
Los años pasaron por mi vida dejando huellas,
mi rostro refleja cansancio de años,
mis ojos sin brillo cuajados de lagrimas
me miran con lastima. Hemos envejecido.
Mis manos, antes suaves y hermosas
hoy están encallecidas por el arduo trabajo,
mis uñas sin barniz, sin limarlas siquiera,
se clavan en mis pechos antes turgentes,
ahora flácidos victimas de la gravedad,
la grasa corporal acumulada en lo que
fuera un día delgada cintura,
se mueve grotescamente horrorizándome
al moverme de lado para ver mis caderas,
y ya no queda ni rastro de lo que fueron.
Es triste verme envejecida y cansada.
El espejo no miente. Esa soy ahora.
La señora de la casa, la madre, la esposa,
esa mujer que calla y se humilla.
No quiero ver y tengo que hacerlo,
aceptar que he envejecido,
que los años no retroceden.
La juventud se fue sin dame cuenta
por estar atenta siempre al hogar,
por entregarme totalmente a ellos.
Ahora que me veo envejecida pienso
en los años que dejé pasar sin pensar,
en este día que el espejo me devuelve
la imagen de lo que soy, de la que debo ser,
y es triste aceptar que el espejo
no miente aunque el corazón no envejezca,
y resignada vestirme para comenzar
un nuevo día siendo la señora,
y dejar las ilusiones abajo de la cama,
y los sueños entre un libro de versos.
Sandra Figueroa
2004