Un licor envenenado
el Diablo puso en mis manos,
ciegamente lo acerqué a mis labios
brindando por la dicha de amar,
y lo bebí de un sorbo ilusionada
envenenando mi alma inocente.
Caí al suelo moribunda,
confundida y agonizando
escuche un adiós cruel
entre fuertes carcajadas.
Ahí quedé a merced de mi destino.
Murió mi corazón por creer
en la sinceridad de un Demonio
perverso y seductor.
Sandra Figueroa
2013