Cuando llegue la hora del adiós
si es que lo nuestro no puede ser,
bésame por ultima vez, ¡te lo ruego por Dios!
No te despidas, no me mires más,
vete despacio, desaparece en la niebla
y no me recuerdes nunca jamás.
Una tarde a mi vida llegaste,
una tarde de mi ser te fuiste,
una mañana de verano me enamoraste.
Y lo poco que duró la bella alegría
la viví con intensa ilusión,
si volvieras, juro de nuevo te amaría.
Y te recordaré, yo jamás te olvidaré,
vivirás en mi toda la vida
y allá en mi sepulcro también te amaré.
Sandra Figueroa
1998

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